TRAUMAS EN LA INFANCIA

Tradicionalmente se considera que aparece traumatización ante episodios vitales de experiencias peligrosas en las que hay percepción subjetiva de peligro de muerte o grave para la salud, para sí mismo o para otros (por no tener recursos para afrontar la situación).

La información de naturaleza traumática colapsa nuestro sistema nervioso. Éste encapsula la información. Queda atrapado el recuerdo en forma de información sensorial (imágenes, olores, sonidos…), sensaciones somáticas, pensamientos y emociones. De esta forma, a priori, el niño puede hacer vida normal, no interfiriendo este tipo de recuerdos, que quedan “no accesibles para el en la cotidianidad.

Esta separación del resto de información contenida en la memoria, imposibilita que se integre este recuerdo. De otra manera, la experiencia podría haberse interpretado desde otra perspectiva, podría haber accedido a redes más adaptativas de información, haber rescatado la información positiva o relativizado la negativa. De esta manera queda desintegrada.

El trauma queda congelado, pero no es del todo inaccesible por la conciencia del niño, se accede hasta él de manera accidental, estalla por disparadores: estímulos relacionados con la situación de peligro (olores, sonidos, sensaciones, sentimientos, pensamientos…). A veces la propia persona no detecta cuales son estos estímulos que desencadenan la revivencia.

Cuando un disparador aparece se revive el trauma como si estuviera sucediendo de nuevo, en forma de flashbacks (recuerdos muy vívidos), y pesadillas. Se reexperimenta el trauma como si fuera de nuevo real, como si estuviera ocurriendo ahora. Por lo tanto las reacciones emocionales y conductuales también son las mismas que se dieron entonces: miedo, agresividad, angustia, impulsos de correr…

La posibilidad de que se de trauma es diferente en niños y adultos. Para un niño, con muchos menos recursos físicos e intelectuales, es mucho más sencillo encontrarse con situaciones que se pueden valorar como de peligro extremo.

Pongamos algún ejemplo:

  • Un bebe que es dejado durante horas sin atención, sin alimentarlo ni atenderlo emocionalmente, puede vivir una fuerte sensación de abandono, acompañado de sensaciones extremas de hambre y sed, que pueden quedar codificadas como experiencias traumáticas.
  • Un niño al que su padre le pega, siempre que llega borracho del trabajo, o simplemente presencia como pega su madre.
  • Una niña que es abusada sexualmente por su tío, del que se queda al cuidado por las mañanas, cuando sus padres trabajan.

Estos ejemplos tienen en común que la situación de peligro, no sólo es traumática, sino que es repetida en el tiempo, y lo más grave, proviene de  figuras primarias de apego.

¿Cómo es capaz un niño de entender y adaptarse a esta situación?

La respuesta es, que no pueden. Los niños están diseñados para apegarse a todo tipo de cuidadores, ya sean eficaces o no. Es mucho más adaptativo vincularse a un adulto maltratador, que sobrevivir sólo. Pero para el niño es imposible vincularse a un adulto que en algunos momentos le quiere mucho, pero en otros es negligente. Es imposible de compatibilizar. Entran en una paradoja emocional que no tiene solución: es un impulso biológico buscar apego, pero también lo es huir del peligro. Por ello se disocian, se parten en dos:

  • El niño es capaz de adaptarse a una figura de apego cariñosa y competente.
  • Por otro lado, una parte anclada en el trauma, se adapta a los momentos de maltrato.

Lo que percibimos los que convivimos con ellos es una especie de imprevisibilidad en su conducta (a veces me demanda atención, a veces se pone agresivo), cuando en realidad es un comportamiento extremadamente rígido, pero de gran variedad de desencadenantes, algunos desconocidos incluso para el propio chico.

Al tratarse de mecanismos involuntarios y de activación imprevisible, incluso para el propio chico muchas veces, viven estas conductas con una enorme culpabilidad y autodesprecio. Son receptores de las consecuencias negativas (castigos, rechazo social, revivencia de agresiones y abandonos) sin ser capaces de tener absolutamente ningún control sobre sus reacciones emocionales, pensamientos y conductas.

Es muy importante tener esto en cuenta, pues los métodos tradicionales de modificación de conducta basados en premios y castigos, no tienen capacidad para modificar este tipo de conductas, por ello es necesario acudir a un profesional preparado para trabajar con conductas originadas por vivencias traumáticas.

HIJO SANO VS HIJO ENFERMO

Es muy interesante lo que se ha encontrado en Investigaciones de familias con niños con enfermedades limitantes crónicas en las que se ha sondeado la percepción de calidad de vida de todos sus componentes.

En estas investigaciones se aplicaba un cuestionario de sensación de felicidad propia, pero también la opinión de cómo vemos de felices a los otros componentes de la familia.

Los resultados son muy interesantes, porque indican que ambos padres, sobreestiman el sufrimiento y subestiman la capacidad de adaptación del niño enfermo. Dan por sentado que su hijo convaleciente sufre más de lo que en realidad lo hace.

Por el contrario, ambos padres, también tienden a sobreestimar el nivel de percepción de calidad de vida, de satisfacción real que sienten sus hijos sanos. Es decir, piensan que sus hijos sanos son más felices de lo que en realidad expresan.

La interpretación que hacen es la siguiente. Parece ser que los padres suelen volcarse en el cuidado de su hijo convaleciente, del que ellos perciben que necesita más ayuda, y apoyo emocional. Los hermanos sanos son los que suelen pagar la factura de este coste añadido para los padres, quedan parcial o totalmente desatendidos. Ante la necesidad de la familia de implicarse en el cuidado del hermano enfermo, suelen tener que hacer grandes sacrificios.

Aunque esta investigación está dirigida a familias con hijos con patologías cardiacas, en la consulta nos encontramos con estos mismos fenómenos, o muy similares, habitualmente en familias con algún hijo diagnosticado de TDAH.

Según su edad y temperamento podrían reaccionaran de diferentes maneras:

  •  Algunos de ellos pueden llegar a ocultar o negar sus problemas o necesidades, intentando no colapsar el sistema familiar. Algunos incluso pueden llegar a adoptar el rol de cuidador, no solo del hermano enfermo, sino de unos padres sobrepasados por la situación, lo que supone una carga de responsabilidad para el que no están preparados. Son niños que ayudan mucho y son percibidos como generosos y sacrificados.
  • En otras ocasiones el niño sano puede llegar a competir por las atenciones paternas, llegando a desarrollar conductas oposicionistas o desafiantes, porque siempre es mejor ser un “niño malo o rebelde” que no ser visto.
  • En la mitad del espectro estarán los niños que pasarán desapercibidos. Sin hacer ruido estos niños parecen adaptados a la situación, pero igualmente son niños cuya autoestima corre peligro, pues están en la continua vivencia de que son secundarios, interiorizan que no son lo suficientemente valiosos para ser tenidos en cuenta.

No nos olvidemos de los padres. Es imprescindible hablar de las necesidades y cuidados que requieren los propios cuidadores. Querer a nuestros hijos no implica que tengamos que negarnos como personas. Tenemos derecho a disfrutar de la vida en la medida de lo posible. Lo que “a priori” puede parecer un planteamiento egoísta, es en realidad algo de lo que se beneficia toda la familia. Comienzan a ser ya extendidos y popularmente conocidos los beneficios para todo el sistema familiar del “autocuidado del cuidador” y el mantenimiento de un mínimo de calidad de vida, al menos emocional, de los padres. La manera óptima de intervenir en el cuidado de nuestros hijos, sanos o enfermos, es desde un equilibrio y un correcto autocuidado.

En el entorno profesional ya se empieza  usar el concepto de “familias emocionalmente sostenibles”. Estas familias se caracterizan por una adecuada gestión de la energía, ajustando y adecuando el gasto en los distintos ámbitos de la vida y atendiendo en la medida de lo posible las necesidades generales de la familia, al funcionamiento a largo plazo de todo el sistema familiar y no sólo del hijo enfermo.

EDUCANDO CON LA EMOCIÓN

Cómo nos relacionamos con nuestros hijos es muy importante, tanto más en los momentos más críticos. Recordemos que nuestros hijos, cuanto más pequeño son, más ven el mundo a través de nuestros ojos. Si miramos al mundo con cara de terror, el mundo será terrorífico para ellos, si lo miramos con felicidad, se sentirán a salvo y seguros. Somos su principal fuente de “codificación de sucesos”. De la misma manera, si mis padres me miran, o me hablan, con ira, podría significar que soy “defectuoso”, si me miran con ternura, interiorizaré que soy valioso.

  1. AUTOREGULACIÓN EMOCIONAL.

Un buen comienzo para intervenir con mi hijo es siempre comenzar gestionando mis propias emociones. No es necesario dedicarle mucho tiempo, y cuanto más se entrena, más rápido se consigue. Hay que recordar que somos modelo para nuestros hijos y es coherente con la educación que les damos, que si le estoy pidiendo que no grite, que se controle, que tenga paciencia…yo sea capaz de aportar ese modelo. Los niños reproducen todo lo que ven, y una imagen vale más que mil palabras.

Según mi nivel de intensidad emocional bastará con respirar un par de veces, o necesitaré irme a otra estancia un par de minutos. No es necesario estar plenamente calmado, aunque sería lo ideal, a veces no es posible. Con hacernos conscientes de la emoción que en este momento predomina en nosotros (rabia, frustración, impotencia, indefensión, vulnerabilidad) y tenerla en cuenta para que no se nos vaya de las manos, puede ser más que suficiente. Si no se me da bien gestionar mis emociones, hay muchos ejercicios y prácticas que ayudan a ello: técnicas de relajación, meditación, mindfulness, yoga por poner algunos ejemplos. Cualquiera puede ser buena para practicar mi autogestión emocional.

  • VALIDACIÓN EMOCIONAL

Consiste en hacer comprender a mi hijo que la emoción que experimenta es buena. Validándo su emoción, le estamos validando a él mismo, le aceptamos como persona, es su conducta concreta, en ese momento, lo que no es aceptable, o no nos gusta. Un error en el que caen muchos niños es que interiorizan cuando les regañamos que sus conductas son malas, por lo tanto, el sentimiento, que es lo que les ha llevado a actuar así también es malo, y finalmente, acaba interiorizando que él, como persona, es malo. Para que les llegue nuestra aceptación, les mandaremos un mensaje empático, haciéndole sentir por añadidura, que es visto y que sintonizamos con él, con sus sentimientos, deseos y necesidades.

Para dar este mensaje le explicaremos por qué es aceptable el enfado, la vergüenza, la tristeza…que siente en ese momento, contextualizándolo con lo que le haya sucedido. Ejemplo: “Es natural que te sientas así, es natural estar triste cuando se pierde algo importante para nosotros”.

Para una intervención aún más completa, si tenemos tiempo y nos sentimos preparados, podemos introducir aquí psicoeducación emocional, de tal forma que vaya aprendiendo qué son las emociones, para qué sirven, y cómo actúan.

  • CONFRONTACIÓN CON LA CODUCTA INADECUADA

Como en toda intervención educativa, llega el momento de señalar a mi hijo cual es la parte que debe cambiar. El término confrontación tiene connotaciones un tanto “béligerantes”. Aquí me refiero simplemente a señalar al niño la conducta inadecuada, explicarle porqué no es correcta y sus consecuencias. Siempre es bueno utilizar un lenguaje positivo. Se aplicará un castigo ajustado a la conducta, si procede, aunque antes le ayudaremos a buscar otro tipo de conductas más adecuadas como explicaré a continuación.

  • BÚSQUEDA DE CONDUCTAS ALTERNATIVAS

Para terminar, nos sentaremos con nuestro hijo para ayudarle a encontrar otro tipo de conductas más adecuadas a la situación. Es bueno que intentemos facilitar que sea él mismo quien llegue a conclusiones mediante preguntas. Siempre es más fácil que alguien actúe conforme a sus propias ideas y conclusiones, que por las indicaciones de otra persona. Cuanto más pequeño sea, más ayuda necesitará, e incluso es posible que seamos nosotros los que debamos aportarle la conducta adecuada. Esta parte es más importante de lo que parece. En muchas ocasiones la conducta inadecuada se ha producido por que el niño no tenía otro recurso que poner en marcha. Si es así, evitaremos la aplicación de un castigo, pues nos encontramos más ante un proceso de aprendizaje, que de la emisión de una conducta disruptiva de manera voluntaria.

Dentro del propio concepto de buscar conductas alternativas, puede ser un buen momento para enseñar y entrenar con mi hijo habilidades de gestión emocional, como forma de actuar ante ciertas situaciones.

Cada vez que nuestro hijo resuelva satisfactoriamente la situación, deberemos reconocérselo y felicitarle para que se consolide su nueva forma de enfrentarse a los problemas.

Con esta fórmula de intervención estamos también protegiendo o reparando el vínculo emocional (relación de apego) con nuestro hijo, pues estamos convirtiendo una potencial experiencia de regañina y sensación de rechazo, en un vivencia de sintonía emocional y trabajo en equipo en la que conseguimos que se sientan vistos, entendidos, valorados y apoyados por nosotros.

ADOPCIONES TRUNCADAS

La adopción es en ocasiones un proceso difícil. Nos emocionamos con la posibilidad de ser padres. Nos comprometemos en un proceso en el que pueden entrar en juego ciertos procesos de idealización: dar una familia a un niño desamparado, ofrecer el amor que no tuvo o perdió, aportar una vida con mejores posibilidades de futuro… También aparecen inseguridades en cuanto a la capacidad de ser un buen padre, o la aceptación del pequeño. Se pueden dar por sentado sentimientos, esperanzas, deseos, pensamientos en el niño, que tal vez luego no se correspondan con la realidad.

Desde la perspectiva del pequeño, el proceso es similar: ”por fin tendré una familia”, “al fin alguien me cuidará como siempre he deseado”, “voy a dejar de pasar hambre”, “me va a adoptar una familia rica, cariñosa…”, “¿me querrán?”, “¿seré lo que ellos esperan?”…

La mayoría de personas estamos sesgados culturalmente por la imagen que el cine, literatura, o incluso cuentos infantiles, nos crea a cerca de los niños huérfanos. Esta se potencia a demás por nuestras propias ilusiones y fantasías personales. Lo mismo suele pasar con los niños a la espera de familia.

En este paso, ambas partes tendrán que pasar por un proceso de reajuste en el que se pondrán a prueba estas ideas preconcebidas e inseguridades. La mayoría serán modificadas según la convivencia nos va enfrentando con una realidad, que puede ser más o menos cercana a lo imaginado, soñado o temido.

En la mayoría de ocasiones, con mayor o menor éxito, y en un lapso de tiempo adecuado, y nunca exento de dificultades (lengua, cultura, costumbres…), padres e hijos se van acoplando, dando lugar a un nuevo ciclo familiar, para ambas partes. Aun resultando óptimo el proceso en un primer momento, con el tiempo podrán surgir dudas en el chico e inseguridades, llevándole a plantearse porqué su familia renunció a estar con él, cuáles son sus orígenes, le que puede generar dudas en su identidad.

En este relato nos vamos a centrar en un relativo porcentaje de casos en los que esa primera adaptación será altamente difícil, a veces incluso imposible. Las esperanzas se ven truncadas. Se busca ayuda, se acude a talleres de padres, se aprenden técnicas de modificación de conducta, se leen manuales, pero la conducta del pequeño es caótica, paradójica y no reacciona como previsiblemente debiera, incluso para las expectativas que los profesionales anticipan.

Son casos que se corresponden con lo que los profesionales llaman apego desorganizado. Se trata de niños que ante una misma situación responden a veces de una manera, y a veces de otra opuesta. Pueden reaccionar ante un abrazo con cariño, y otras con agresividad, en ocasiones pueden relacionarse mejor con desconocidos que con sus padres adoptivos, o bien de manera imprevisible reaccionar con una impulsividad extrema, huyendo, o con agresividad, hacia sí mismo o los demás, ante situaciones aparentemente neutras o inocuas. Más adelante concretaré y describiré  de qué manera se generan estas conductas.

Lo cierto es que en el ser humano nada es desorganizado, ni caótico. Sencillamente no conocemos los factores que han dado lugar a estas conductas. En muchas ocasiones no tenemos una información detallada de lo que nuestro pequeño ha podido vivir hasta el momento. Es frecuente que hayan pasado por historias enormemente trágicas que anticipamos que incluso van a intensificar la gratitud y el cariño que estos niños nos van a mostrar cuando les demos nuestro amor y cuidados. En realidad habrán desarrollado maneras de adaptarse a un mundo peligroso, o negligente. Son herramientas que en un contexto más seguro, no solo no les ayudan a adaptarse, sino que se convierten en un enorme lastre para ellos y su familia.

Donde la explicación parece imposible, y el sentido inexistente, en realidad suele ser bastante directo y concreto. A grandes rasgos, describiré las cuatros causas principales que originan que un niño no sea capaz de sentirse seguro en una relación de amor y sus consecuencias:

  • Maltrato físico: Mis padres biológicos (las personas que más deben quererme, cuidarme y protegerme) me agreden, o presencio agresiones, hasta el punto de sentirme en un peligro de extrema gravedad. Interiorizo que las personas que más daño nos hacen, son las que no quieren y se generaliza a todas las relaciones de apego. Con mi familia adoptiva sentiré que estoy en peligro vital, y en mayor medida cuanto más amor sienta o me demuestren. Podrán darse conductas de hipervigilancia, agresividad o huida, incontrolables e impredecibles. Es frecuente que puedan sentirme más seguros en relaciones superficiales, con desconocidos, que con los propios padres adoptivos. Pueden ser chicos callejeros que son incapaces de implicarse en la familia, ni mantener amigos, ni incluso implicare seriamente en una actividad. Van cambiando continuamente. Paradójicamente verbalizarán amor hacia sus padres y culpa por sus actos, siendo incapaces de modificarlos y repitiéndolos “ad infinitum”.
  • Abandono reiterado, institucionalización, o cambio constante de cuidadores primarios. La reacción ante la familia adoptiva es la de una demanda voraz de afecto, siendo incapaz de intimar, alternando con periodos de evitación o distanciamiento, por la sensación constante de ir a ser abandonado en cualquier momento (abandono antes de que me abandonen). También son personas altamente dependientes, influenciables, mentirosas o “sin personalidad”, ya que interiorizan, que si son repetidamente abandonados, debe ser inevitablemente por que no son “queribles” y/o valiosos. Interpretan (emocionalmente hablando) que son defectuosos, y por lo tanto hacen enormes esfuerzos por optimizar la imagen que dan, mintiendo, o hasta el punto de adaptarse o mimetizarse con los deseos, gustos u opiniones del interlocutor. Por otro lado, podría generar un hambre voraz de atención, que si no es cubierto a través de lo positivo, pueden acaparar a su figura de apego mediante la disrupción y el conflicto. Es mejor ser malo y castigado (atendido), que ser invisible, que no existir.
  • Abusos sexuales: se relacionan desde la seducción y el erotismo. Son personas que han interiorizado que son principalmente, o únicamente, valoradas por su cuerpo o sexualidad. Paradójicamente sienten asco hacia su cuerpo, pues es el origen de su desgracia. En gran número de ocasiones caen en los trastornos de alimentación, como forma simultanea de mantener lo único que a los ojos de los demás es valioso y de castigar la causa de sus experiencias de abuso. Pueden tener sentimiento de asco hacia su cuerpo, o hacia sí mismos, que en ocasiones calman con autolesiones.
  • Negligencias en el cuidado: si los cuidadores primarios no se regulan de manera adecuada emocionalmente, y se dan reacciones de terror o miedo ante las propias reacciones emocionales del bebé. Como resultado el bebé aprende que sus propias emociones son terribles, porque en lugar de ser calmados por el cuidador, se genera un entorno aún más hostil. En estos casos se generan niños que ante un mínimo estímulo emocional explotan desproporcionadamente. En el caso contrario, si su emocionalidad no es atendida, dejan de expresar sus emociones.

Estas son algunas de las secuelas que puede generar una historia de malos tratos o negligencias en la historia de apego. Agresiones, negligencias y abusos pueden combinarse, dando lugar a casos extremadamente graves y complejos. Cuanta más complejidad, más posibilidad de agresividad física hacia los demás y/o hacia sí mismos, consumo de tóxicos y promiscuidad como forma de huir de la angustia.

Una de las dificultades que nos encontramos es que ellos mismos no saben por qué reaccionan como lo hacen. Sienten la necesidad, o bien responden a un impulso incontrolable. La memoria a largo plazo no se consolida hasta los 4 o 5 años, por lo que recuerdan poco o nada antes de esta edad. En otras ocasiones las experiencias son tan traumáticas, que con independencia de la edad que tengan, los recuerdos quedan disociados (ocultos), o en todo caso, retornarán en forma de flashbacks o pesadillas. No saben correlacionar su conducta actual con sus experiencias pasadas. No entienden por qué son como son, lo que les produce una sensación de falta de control sobre sus vidas y de confusión, muy angustiosa y frustrante. Se traduce una falta de identidad (“no sé quién soy”). Paralelamente sienten a la vez una enorme culpa por no poder corresponder a sus nuevos padres.

Si no se reparan o modifican estos recursos descontextualizados de adaptación, les acompañarán toda su vida, dando lugar a adultos inadaptados, que en el mejor de los casos no podrán mantener relaciones de cierta intimidad, y en el peor de los casos serán personas con una imposibilidad total para integrarse a nivel personal, sentimental, social y formativo-laboralmente, siendo expulsados constantemente de sus recursos escolares, y sin posibilidad de mantener un trabajo.

Suelen ser personas que generan en el entorno frustración, rabia e impotencia, no solo en familia, sino también en profesionales. Estos sentirán que a pesar de los recursos intelectuales que aparentemente tienen, la infinidad de oportunidades que se les da, la ayuda y apoyo,  son incapaces de aprovechar la situación. Suelen pasar por diversos profesionales, recibiendo diferentes diagnósticos y sin respuesta ante los diferentes tratamientos psicológicos y/o farmacológicos. Es imperativo acudir al profesional adecuado, especializado en trauma y trastornos disociativos, para reparar la capacidad del pequeño para adaptarse al mundo, a los demás, y lo más importante, para reparar la forma de entenderse y sentirse a sí mismos.

Javier Hernández Matas

 Col. Nº M-20253

GESTIONAR EL ENFADO DE TU HIJO

 

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CANALIZA LA RABIA DE TU HIJO

Esta es una guía paso a paso para gestionar los episodios de rabia de tu hijo. Ayudar a un niño, o adolescente, que está muy nervioso, muy enfadado, e incluso fuera de sí, no es nunca fácil. En este texto vamos a ver una serie de pasos que nos ayudarán a dar salida a la situación:

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